Tres años de guerra en Sudán: vidas truncadas, hambre creciente y una ayuda humanitaria que retrocede

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Sudan

Foto: WFP/Abubakar Garelnabei 04:Mujeres recogen asistencia alimentaria de WFP en Jartum. Nuestro apoyo, que llega a 3,5 millones de personas cada mes, ha ayudado a frenar algunas de las peores formas de hambre.

A tres años del estallido de la guerra civil en Sudán, el país atraviesa la que ya es considerada la mayor crisis humanitaria del planeta. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) alerta que, pese a que su asistencia sigue siendo un salvavidas para millones, la caída drástica en la financiación y el impacto del conflicto en Oriente Medio amenazan con borrar los pocos avances logrados.

Historias de un país roto

Salma, oriunda de El Fasher, recuerda cuando en su comunidad la comida alcanzaba para todos y los vecinos compartían lo que tenían. Hoy, su familia de diez personas depende por completo de la ayuda alimentaria del PMA. Shadia añora su vida agrícola, donde la solidaridad era la norma y siempre había una salida. Aya, una adolescente de 14 años, vive marcada por la violencia que acabó con la vida de sus vecinos y destruyó su rutina de estudios, televisión y paseos. Ahora sobrevive en un campamento polvoriento, temiendo que una bala perdida la alcance si sale.

Antes de la guerra vivíamos bien”, dice Aya, quien sueña con ser cirujana. “Desde que empezó, todo se vino abajo”.

El director ejecutivo adjunto del PMA, Carl Skau, resume la tragedia: En Sudán, el hambre y la violencia se alimentan mutuamente en un círculo vicioso de desesperación.

Una emergencia sin precedentes

El conflicto, que ya desborda las fronteras sudanesas, mantiene a casi 34 millones de personas en necesidad de ayuda humanitaria. Casi uno de cada cuatro sudaneses está desplazado, y dos de cada cinco enfrentan inseguridad alimentaria severa. Dos zonas del país —entre ellas El Fasher— han caído oficialmente en hambruna, el nivel más extremo y devastador de hambre.

En lugares como Tawila, en Darfur del Norte, más de 650.000 desplazados han buscado refugio. Allí, la asistencia del PMA —alimentos, transferencias en efectivo y apoyo nutricional— llega a 3,5 millones de personas cada mes, evitando que la tragedia sea aún mayor.

Sin embargo, la reducción de fondos y el aumento de costos por la crisis en Oriente Medio —que ha encarecido alimentos, combustible y operaciones— ponen en riesgo la continuidad de esta ayuda.

Jartum intenta levantarse

En febrero, el Servicio Aéreo Humanitario de la ONU, administrado por el PMA, retomó vuelos regulares hacia Jartum por primera vez en casi tres años. La organización también planea reinstalar su oficina nacional en la capital.

La ciudad, antes vibrante, hoy muestra cicatrices profundas: vehículos calcinados, edificios destruidos y rascacielos que parecen esqueletos. Aun así, muchos habitantes están regresando para reconstruir lo que puedan, reconectar servicios básicos y enviar a sus hijos nuevamente a clases.

Entre ellos está Salma, quien llegó hace tres meses desde El Fasher. Su esposo quedó incapacitado tras recibir un disparo perdido en la cabeza durante el trayecto. En Jartum, la familia recibió mantas, colchonetas y utensilios básicos. Aunque extraña la vida tranquila de antes, asegura que siente que está comenzando de nuevo mientras recoge harina, aceite y sal del PMA.

Un esfuerzo que no alcanza

En 2025, el PMA logró asistir a más de 12 millones de personas, incluyendo madres y niños desnutridos, estudiantes de primaria y familias desplazadas. Los agricultores apoyados por el organismo produjeron casi una quinta parte del trigo nacional, fortaleciendo la economía local.

Pero este año, la falta de recursos obliga a priorizar únicamente a quienes enfrentan hambre extrema, reduciendo incluso las raciones al mínimo indispensable.

En los puntos de distribución, la escena es desgarradora: mujeres y niños que no fueron seleccionados para recibir ayuda se quedan detrás de las vallas, esperando sin esperanza.

El director del PMA en Sudán, Abdallah Alwardat, hace un llamado urgente: Estamos haciendo todo lo posible, pero necesitamos más apoyo para asistir a los sudaneses que viven en condiciones extremadamente difíciles.

Vidas suspendidas en Tawila

En el campamento de Tawila, Shadia —madre de ocho hijos y viuda desde agosto— depende de la ayuda del PMA para alimentar a su familia. Recuerda cómo sobrevivió en la sitiada El Fasher gracias a la solidaridad de sus vecinos antes de huir.

Ni siquiera puedo imaginar qué pasará si la ayuda se detiene”, confiesa. Aun así, sueña con volver a su comunidad agrícola: “Siempre cultivamos. Si regresamos, tendremos una comunidad fuerte”.

Aya, la joven estudiante, también terminó en Tawila. La guerra la persigue en sus recuerdos. “Perdimos a nuestros vecinos y familiares”, dice. “Solo quiero una infancia real: seguridad, estabilidad y volver a la escuela”.

Si quieres donar y contribuir con el Programa Mundial de Alimentación visita el siguiente link: https://donate.wfp.org/es/1243/donation/regular?campaign=1900&country=VE

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