El espejismo de diciembre: crónica de una bondad con fecha de caducidad

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El Espejismo de diciembre La bondad con fecha de Caducidad

Por: Trino González.

La discrepancia ética y la construcción social del «espíritu navideño».

En el tramado de la civilización occidental, diciembre se mira no solo como el cierre de un ciclo astronómico, sino como un escenario donde el ser humano interpreta su rol más enredado: el simulacro de la magnanimidad universal. Mientras las luces de las ciudades, casas y plazas se encienden, se activa también un protocolo de cortesía automática que, para muchos, representa el mayor ejercicio de hipocresía colectiva del año.

La tregua institucionalizada

La razón de este actuar no es nueva. La estructura de la «bondad temporal» tiene sus génesis en las Saturnales de la antigua Roma. En aquel entonces, la inversión de roles sociales —donde los amos servían a los esclavos— no buscaba la igualdad real, sino que funcionaba como una llave de escape para mantener el estatus jerárquico el resto del año.

Hoy, ese grifo de escape se traduce en una «limpieza de conciencia» express. El individuo que ha mantenido una conducta hostil o indiferente durante once meses, encuentra en diciembre una amnistía social que le permite proyectar una imagen de paz y amor sin necesidad de una transformación interna real.

El efecto Dickens y la caridad estacional

El siglo XIX fue el punto de no retorno donde la ética se mezcló con el sentimentalismo comercial. La obra de Charles Dickens, particularmente Cuento de Navidad, cimentó la idea de que un acto de caridad puntual puede redimir una vida de egoísmo. Si bien el mensaje original buscaba despertar la empatía hacia la clase obrera, la sociedad industrial lo asimiló como un accesorio de temporada.

La benevolencia se convirtió en algo que se puede «usar y tirar. La presión por encajar en este molde genera lo que la psicología denomina disonancia cognitiva: la tensión mental que surge cuando nuestras acciones (desear paz) no coinciden con nuestras creencias o conductas habituales (el conflicto diario).

La era de la benevolencia performática

En la actualmente, el fenómeno se ha trasladado al entorno digital. La hipocresía ha pasado de ser un acto privado a una puesta en escena pública. Las redes sociales han dado lugar a la «benevolencia performática», donde el deseo de bienestar hacia el prójimo es, en realidad, un producto diseñado para la validación propia a través de interacciones digitales.

Este «teatro de la bondad» crea una brecha cada vez más profunda entre la imagen pública y la integridad privada. Al llegar el 1 de enero, la máscara cae con la misma rapidez con la que se guardan los adornos, devolviendo al individuo a un estado de individualismo crónico.

La integridad como resistencia

Diciembre seguirá siendo percibido como el mes más hipócrita mientras la ética sea considerada una excepción y no una norma. La verdadera madurez de una sociedad no reside en su capacidad para desear bienestar un mes al año, sino en la abolición de la excepcionalidad moral.

La paz y el respeto, si son genuinos, no requieren de un calendario para manifestarse. Mientras el mundo se sumerge en el ruido de los buenos deseos prefabricados, la única salida coherente parece ser la integridad: ser la misma persona, con los mismos valores, tanto en la cena de Navidad como en un martes cualquiera de agosto.

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