Por: Licdo. Trino González


En estos días tuve la dicha —o desdicha— de escuchar y leer en redes sociales a personas que, presas de su histórica y ofuscada obsesión contra todo lo que huela a socialismo, manifestaban su preocupación por la situación del país. «No ha mejorado nada mi realidad, seguimos igual o peor que cuando Maduro estaba en el poder», repiten. Esa es la lamentable catadura moral de estos personajes: algunos conocidos, otros ignorados hasta en su propia casa, pero que ejercen libremente su derecho a decir lo que les venga en gana.
Sin embargo, estos mismos voceros, durante los meses y años previos a la invasión a Venezuela y al posterior secuestro de Nicolás Maduro, exigían a gritos que su idolatrado país —supuesto paladín de la democracia y la libertad— y sus aliados ejecutaran una intervención militar y humanitaria por aire, mar y tierra.
Su deseo se cumplió el 3 de enero de 2026. No obstante, ahora parece no gustarles el resultado. Tras la intervención, que costó la vida a un número significativo de hermanos venezolanos y cubanos, se quejan de que nada ha mejorado. Estos opositores de escritorio y pantalla, que celebraron fervientemente «la captura del dictador», pregonaban con total seguridad que la acción traería prosperidad inmediata y devolvería el poder a la dirigencia opositora.
Ni lo uno ni lo otro. Como rezaba la prédica de un viejo político adeco: ni mejoramos económicamente, ni sus líderes retomaron el poder. Al contrario, el chavismo mantiene intacta su estructura política. Hoy se negocian abiertamente los recursos naturales del país sin la injerencia de aquellos dirigentes rivales que, bajo la excusa de proteger activos en el exterior, provocaron la congelación y pérdida de millonarios fondos, por no mencionar lo que terminó en sus propios bolsillos.
Esto refleja una realidad ineludible: una oposición sedienta de poder a cualquier precio, indiferente a la necesidad de millones de venezolanos. Sea cual fuere la coyuntura política, sus promesas siempre terminaban reducidas a una nueva consigna vacía.
Resulta imposible olvidar el daño económico, psicológico y social que dejaron las llamadas guarimbas. Como trágico recordatorio, basta mencionar al joven Orlando Figuera, cuyo único error fue llevar una franela roja, ser negro y cruzarse en el camino de aquellos «manifestantes pacíficos» que reclamaban sus supuestos derechos.
En el recorrido histórico de las últimas tres décadas, el chavismo ha demostrado una capacidad de resiliencia política y social asombrosa, logrando sortear retos complejos y retener el poder. Hoy, ciertamente, enfrenta una coyuntura de altísimo riesgo. Las acciones de la oposición interna, sumadas al ataque multimodal orquestado por Estados Unidos, han puesto a prueba nuevamente el proyecto que lideró Hugo Chávez, continuó Nicolás Maduro y que hoy encabeza Delcy Rodríguez.
La izquierda bolivariana se adapta así a un escenario inédito. Tras el secuestro del presidente electo en un acto de guerra por parte de una potencia extranjera, el chavismo vuelve a demostrar en todos los frentes su capacidad para mutar, reagruparse y avanzar ante los obstáculos del día a día.
La oposición, por su parte, no da pie con bola. Siguen convencidos de que gozan de una mayoría abrumadora y de que toda victoria del oficialismo es producto del fraude. No terminan de asimilar que jamás alcanzarán el poder sin lograr una genuina empatía con los sectores populares, ni sin saber comunicar un plan de gobierno realista que conecte con las mayorías. Viven la ilusión utópica de creer que, solo por ser herederos de familias acaudaladas, tienen el derecho divino de dirigir la nación.
Pero la realidad siempre golpea a quienes viven de ilusiones. La presidenta Delcy Rodríguez —sí, la misma que designó Maduro— no solo se presenta en la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York, sino que sostiene reuniones clave con las principales figuras económicas y financieras del mundo. Verla allí, con su chaqueta de Mafalda, su bufanda roja rojita y el pin de Venezuela con el Esequibo integrado, evidencia cómo los líderes opositores mintieron, mienten y seguirán mintiendo.
El poder que juraban tener en Washington se desvanece ante los hechos. Es el chavismo quien negocia abiertamente y con legalidad reconocida por las grandes potencias. Y ya no solo hablamos de China, Rusia o Irán: ahora es el mismo líder al que imploraban una intervención el que se sienta con el oficialismo. La fotografía de la presidenta Rodríguez junto a Donald Trump les estalla en la cara; los deja como niños frente a una vitrina, descubriendo de golpe que del otro lado hay algo que jamás podrán alcanzar.
El cacareado progreso que anhelaban no llegó de la mano de un líder opositor. Quien conduce las riendas del país y firma acuerdos legales —no conspiraciones de pasillo— es Delcy Rodríguez. Por ahora, los sueños húmedos de los vendepatria chocan de frente con la sabiduría del viejo refrán venezolano: ¡No te vistas que no vas!
